Los refugiados galtanos
Huyeron de las guillotinas que se comen las almas y acabaron en el norte helado. Son la razón de que Kridorn sea la más cosmopolita de las tres ciudades, y también de que arrastre rencores que no son suyos.
Los refugiados galtanos
Cuando en Galt la revolución empezó a comerse a sus propios hijos, decenas de miles de personas salieron por donde pudieron: campesinos, artesanos, intelectuales y, sobre todo, nobles, que eran el objetivo preferente de los Jardineros Grises.
No huían solo de la muerte. Huían de las Hojas Finales, las guillotinas que no matan sin más: atrapan el alma dentro y no la sueltan. En una tierra como esta, donde lo que se hace con un muerto importa más que lo que se hace con un vivo, esa parte de la historia se entiende sin explicaciones.
Cómo llegaron aquí
La mayoría no llegó. La mayoría se quedó mucho antes, en los Reinos del Río —Gralton está gobernada en buena parte por exiliados galtanos— y otros pararon en Brevoy.
Iobaria es el final de la fila, el sitio al que se llega cuando los sitios cómodos ya te han dicho que no. Los que llegaron hasta aquí lo hicieron por dos caminos:
- A Mirnbay, los que aún tenían con qué: compraron su lugar entre las casas nobles. En Mirnbay un apellido extranjero se perdona si viene acompañado.
- A Kridorn, casi todos los demás. Puerto, caravana y una ciudad que no pregunta demasiado si sabes hacer algo.
Qué trajeron
Kridorn es la más cosmopolita de las tres ciudades, y es por ellos. Trajeron oficios, maneras de comerciar, ideas de las que aquí no se hablaba —libre pensamiento, filosofía, poesía, todo lo que Galt era antes de las guillotinas—.
Y trajeron los rencores. Porque no huyeron todos del mismo bando: en la misma calle puede vivir el nieto de un noble ejecutado y el de un revolucionario que acabó en la lista tres consejos después. Los dos perdieron. Los dos saben quién era el otro.
Un galtano de segunda generación es de Kridorn. Un galtano de primera todavía se despierta pensando en otra ciudad.
Cómo se les mira
Sin drama, que es la manera iobariana. Aquí el que trabaja es de aquí, y hay galtanos respetados en los círculos comerciales que llegaron sin nada — Henri Valais entre ellos, que vino como refugiado político y levantó su firma desde cero.
Pero se les mira. Se nota en las cosas pequeñas: que se les llame «los galtanos» cuando ya llevan aquí dos generaciones, o que cuando pasa algo raro en el puerto siempre haya alguien que empiece la frase con «desde que llegaron los galtanos…». Es más cómodo culpar al que vino de fuera que mirar el propio alcantarillado.