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Necrófagos

Lo que se sabe en la calle: qué son, cómo se contagia, y por qué en Kridorn se quema el mismo día y se descabeza cuando no hay leña.

Necrófagos

Lo que sabe cualquiera en Kridorn. Ni conjuros, ni teorías: lo que se cuenta en la calle y lo que ha costado aprender.


Un necrófago fue una persona. Eso es lo primero que se dice y lo que más cuesta asumir, porque a veces se reconoce la cara.

Se levantan de un cuerpo que no se despidió como es debido: enterrado en vez de quemado, dejado en un sótano, olvidado bajo agua parada. No todos los muertos vuelven —la mayoría no vuelve— pero los que vuelven, vuelven así: hambrientos, rápidos y con las manos por delante.

Lo que hacen

  • Agarran. No es que te dejen quieto por miedo: te sujetan, y una vez te tienen, cuesta muchísimo soltarse. Por eso quien sabe pelear con ellos no los deja acercarse en espacios estrechos, donde no hay hacia dónde retroceder.
  • Cazan de noche y en lo bajo. Sótanos, galerías, casas cerradas, los barrios donde el agua lleva años sin correr.
  • Contagian. Es lo peor de todo. Sus heridas pasan la fiebre del necrófago: quien no la corta a tiempo se apaga en unos días y luego se levanta. Un mordisco no atendido es un funeral y un problema nuevo.
  • Y algunos hablan. Los viejos conservan lo suficiente para llamarte por tu nombre desde una rejilla. Los que bajan a las galerías cuentan que ese es el peor momento del oficio.

Lo que se hace con ellos

La costumbre de esta tierra, y la razón de que exista:

  • Quemar el mismo día. Un cuerpo que arde no se levanta. Es más barato pagar leña que pagar lo otro.
  • Descabezar cuando no hay tiempo ni leña. «Un cadáver bien decapitado no se levanta» lo sabe hasta un niño, y por eso el hacha va antes que la pira cuando aprieta.
  • Y buscar la fiebre. Toda herida de necrófago se enseña, aunque sea un arañazo. Quien la esconde por vergüenza o por prisa lo paga toda la casa. Ahí es donde hace falta un clérigo de verdad: hay quien puede cortar la fiebre y hay quien no.

Lo que se dice y no ayuda

Cuando aparecen, aparecen también las explicaciones fáciles: que hay un nigromante detrás, que llegaron en un barco, que los atrae el humo de las piras. Eso último es peligroso además de falso, porque es exactamente lo que lleva a la gente a dejar de quemar.

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