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Kridorn · 24 de Arodus de 4726 AR

Tablón de Kridorn

Necrófagos en el barrio viejo, peaje nuevo en el camino de Vladmirr y una granja que lleva semanas sin encender lámparas. Y una clériga que insiste en que esto va de hacer bien las piras.

Papel clavado con prisa, tinta barata, avisos medio ciertos y rumores que huelen a sopa recalentada y a hierro mojado.

Copio lo que hay clavado, no lo que me gustaría que hubiera. Si algo de esto es verdad, no lo sé; si algo de esto es mentira, alguien pagó la tinta, se acercó al tablón y subió la mano para clavarla. Las dos cosas dicen algo.


Lo del barrio viejo

Hay necrófagos. No lo digo yo: lo dicen los vecinos que han dejado de dormir en la planta baja y los que ya no cruzan solos de noche.

Nadie del muelle se sorprende demasiado, y eso es lo que a mí me llama la atención. En otras ciudades esto sería el fin del mundo; aquí la gente aprieta los dientes y habla de ello como se habla del hielo o de la crecida: una desgracia conocida, con su manera correcta de tratarse. En Kridorn los muertos se queman el mismo día, y si no hay tiempo ni leña, se descabezan. Esa costumbre no se discute, y quien la ha visto fallar una vez entiende por qué.

La clériga que va a las casas

En medio de eso anda Zvena Ilyeva, clériga de Pharasma, y tiene diecinueve años.

No predica. Va a las casas. Atiende al herido, acompaña al que se va y se planta hasta que la pira se hace bien, a la hora que sea y esté quien esté delante. Le he preguntado por qué se pelea con familias que acaban de perder a alguien, en un momento en que nadie quiere oír consejos. Me dijo esto, y lo copio tal cual porque no le sobra ni una palabra:

«Yo no decido quién vive. Solo que nadie se levante después.»

No la quiere todo el mundo. Pedirle a un hombre que descabece a su padre no te hace popular en ninguna lengua. Pero cada vez hay más gente en el barrio viejo que prefiere tenerla cerca, y eso, en una ciudad, es una forma de voto.

En el camino de Vladmirr vuelve a haber peaje

Y no lo cobra el koffar. Lo cobran hombres armados que saben demasiado sobre qué carros merece la pena parar: no revisan todos, revisan los que van cargados, y no siempre están en el mismo recodo.

Eso no es bandidaje de hambre. Bandidaje de hambre es parar lo primero que pasa.

Una granja que no enciende las lámparas

En el camino, a jornada y pico de aquí. Llevan semanas sin luz por la noche.

No han pedido ayuda. Y eso es lo que tiene inquieta a la gente del muelle, más que si la hubieran pedido: cuando alguien pide auxilio sabes qué le pasa. Cuando no lo pide, caben todas las respuestas, y en esta tierra la mitad de ellas son malas.

Lo de siempre sobre la ruta

Dicen que Vladmirr se haría rica en dos inviernos si alguien limpiara de verdad el camino. Lo dicen los carreteros, lo dicen los taberneros y lo dice cualquiera que haya pagado un peaje que no debía.

Y luego está la otra mitad de la frase, que se dice más bajo: que justo por eso nunca la dejarán en paz. Un camino peligroso da de comer a mucha gente que no aparece en ningún libro de cuentas.

Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. Normalmente lo son.

Y las explicaciones baratas, que nunca faltan

Cuando en una ciudad pasa algo que nadie entiende, el tablón se llena de causas fáciles. Estas son las que van ganando esta temporada:

  • Que todo empezó cuando los galtanos trajeron algo en un barco y lo hundieron en el puerto.
  • Que hay un nigromante detrás. Siempre hay un nigromante detrás.

Las copio porque están clavadas, no porque me las crea. Una ciudad asustada prefiere un culpable con nombre a un problema sin resolver, y eso también es información: dice más de Kridorn que de sus nigromantes.


Si alguno de estos papeles resulta cierto y alguien vuelve para contarlo, que me busque. Pago las canciones a precio de vino.

— Anselm Vrenn, el Vencejo